La verdad de la guerra por la Universidad Católica.

En estos días hemos visto como quienes dirigen actualmente la Pontificia Universidad Católica del Perú ante la sentencia del Tribunal Constitucional han buscado la cuadratura del círculo, han actuado como sacerdotes fanáticos a pesar de no ser curas negando la realidad de las cosas como alguna vez lo hicieron los curas de la edad media que hicieron abjurar a Galileo de su afirmación de que era la tierra la que giraba alrededor del sol.

Hemos escuchado afirmaciones exhuberantes y alucinantes de grandes juristas y tratadistas del derecho civil de esa casa de estudios que buscan tapar el sol con un dedo una verdad meridiana: que la reclamación que la curia peruana hace sobre la universidad católica y su patrimonio es totalmente y justa e incontrastable. Que no nos guste el Cardenal Cipriani por ultra derechista y conservador, que no nos guste esa nueva iglesia de corte oscurantista lejana de las motivaciones que tuvo la iglesia en los 60s y 70s con Juan XXIII o Paulo VI que dió mayor espacio para el progresismo social capitaneado por la orden jesuita es otra cosa.

Pero ante un problema estrictamente jurídico y ético que hoy genera un conflicto que esta remeciendo a todo el país no queda más que entender que es lo correcto y partiendo de ello hacer algunas recomendaciones en busca de encontrar una salida a esa relación similar al del agua y el fuego que existe entre los que dirigen la universidad católica, conocidos popularmente como caviares por ser gente de izquierda que proviene de familias pudientes y el nuevo poder de la iglesia peruana que está en manos del conservador Opus Dei.

La historia del problema -tratando de hacerla corta- se origina en la década del 30’ del siglo pasado cuando José de la Riva Agüero Osma, millonario y doctor en derecho, y conocido intelectual y escritor conservador, ex alcalde de Lima, ex premier de Benavides, y bisnieto del Presidente José de la Riva Agüero y Sanchez Boquete, que nunca llegó a casarse ni a tener herederos y que sólo vivió 59 años, al parecer presintiendo que moriría joven, 11 años antes de su muerte empieza a redactar su testamento para disponer que pasaría con su enorme fortuna, a quien podría beneficiar tamaña riqueza constituida principalmente por bienes raíces dispuestos por todas partes de Lima. Como él era un Sanmarquino orgulloso, en un primer momento piensa dejarle su fortuna a la decana de América, sin embargo, por su participación en el gobierno de Benavides tiene desencuentros políticos con las fuerzas de la izquierda y del APRA en dicha universidad, por lo que vuelve su mirada hacia la pequeña en ese entonces universidad católica y opta por donarle su cuantiosa fortuna.

Pero Riva agüero jurisconsulto y hombre de refinado pensamiento no va dejar las cosas asi nomás sin mecanismos que garanticen que se cumpla con su voluntad y se use bien su cuantioso patrimonio asi que a lo largo de 6 años va perfeccionando con paciencia de orfebre su testamento ológrafo, incluso quita y deroga cláusulas hasta llegar al definitivo testamento de 1939, que se será el que se abrirá a su muerte acontecida en 1944. Lo principal en este asunto es que un perfeccionamiento que hace al testamento en 1938 dispone que gobernará la donación una Junta de tres miembros, presidida por el arzobispo de Lima, que esta junta administrará todos los bienes y rentas de la universidad de manera PERPETUA e INSUSTITUIBLE. Y que si había discordia entre los dos miembros de dicha junta por cualquier problema, el voto dirimente lo tenía el arzobispo.

Posteriormente interpretaciones muy libres de la voluntad del testador que han montado un armazón jurídico y administrativo que corre alterno a lo que debería ser realmente dicha junta administrativa como fue concebida originalmente por Riva Agüero, y que justamente se ha dado por que la iglesia peruana de los 60s y 70s fue más cercana a la izquierda de lo que es hoy, posibilitaron que la universidad se conduzca de un modo secular y se convirtiera en un bastión del izquierdismo intelectual que justamente fue lo que hizo que Riva Agüero desistiera de donar su fortuna a San Marcos aun sintiéndolo mucho.

Es decir, por ironías de la vida, él que se definió “como reaccionario y no como conservador, porque en el Perú hay que poco que conservar”, terminó con su fortuna abonando ideas que en su vida no habían gozado de su simpatía. Y es probable que ello hubiera continuado normal si es que no hubiera habido ese cambio político en la curia peruana, que paso del control jesuita al control del Opus Dei.

Pero todo tiene su final y el tiempo que todo lo descubre y aclara, ha dejado en transparente las cosas y sobre todo que ha habido una usurpación de la herencia de Riva Agüero por parte de los llamados caviares que no tuvieron ningún inconveniente en usar de ese patrimonio “conservador” para hacer negocios, para hacer inversiones muy capitalistas con total libertad intención de acrecentar el patrimonio de la universidad, no obstante eso ahora que viene la reposesión a la iglesia de Cipriani se van a exigir cuentas y eso crea grandes incomodidades.

Es cierto que sin el patrimonio de Riva Agüero la universidad Católica no hubiera tenido la oportunidad de ser lo que es hoy, pero que también sin el trabajo jesuita y caviar no hubiera alcanzado los aceptables niveles educativos con que cuenta, por lo que esperamos que al pasar la conflagración y luego de que se dé el reacomodo que se viene al devolverle su poderosa silla al cardenal, podamos esperar que la PUCP, sea una institución que siendo católica sea tolerante y guarde en algo ese interés social que jesuitas y caviares quisieron darle, y que en algo coincide con la proyección social que Riva Agüero también quiso para ella aunque desde luego desde un parecer distinto a quienes han venido detentándola en las últimas décadas.

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